Una casa maldita, flores en el tejado y un beso
Algunas ideas son como el polvo, aunque las sacudas de tu cabeza regresan. Y si no las limpias de vez en cuando, se convierten en una maraña de pensamientos que llena todos los espacios.
Imagina que el polvo que acumula tu hogar, no son solo tus ideas obsesivas, sino también las de tus ancestros, que tu hogar se llena de las melancolías del pasado.
Pues con ese polvo agitado en la mente, Nathaniel Hawthome, en 1851 escribió la novela “La mansión de los siete tejados”. Una historia inspirada en una casa real de su comunidad, en Salem, Massachusetts.
Los personajes principales son los cinco descendientes finales de dos familias, que en un inicio se enfrentaron por el robo de la propiedad donde se levantó la casa, pero más por la avaricia y diferencia de clases sociales. Un inicio muy shakesperiano, pero con una trama sazonada de puritanismo y materialismo característico de la sociedad americana de la época.
Actualmente, la casa se mantiene erguida, convertida en un museo y adaptada a la descripción de la novela, más que al rigor histórico. Incluso tiene una tienda de Hepzibah Pyncheon.
La historia está plagada de descripciones poéticas de un entorno decadente, como las Flores de Alice, son pequeñas formas de belleza que se aferran incluso a la decadencia y al remordimiento.
Hawthome tiene la capacidad de embellecer incluso las escenas tétricas de la muerte; encontramos por aquí y por allá rastros de aire fresco, galletas, luz que se cuela por las rendijas…
Y casi al final un beso, que se enfrenta a la maldición “Dios le dará a beber sangre”; ese acto de amor que ventila la casa, y redime a las dos familias. A mi gusto, una de las descripciones de beso más hermosas en la literatura.
La mansión y sus siete tejados son un imponente escenario, un ejemplo de lo ligado que está la arquitectura a otras representaciones culturales, de cómo un objeto puede desarrollar personalidad propia, e incluso como ciertos lugares, como ciertas familias, se convierten en iconos.
Imagina que el polvo que acumula tu hogar, no son solo tus ideas obsesivas, sino también las de tus ancestros, que tu hogar se llena de las melancolías del pasado.
Pues con ese polvo agitado en la mente, Nathaniel Hawthome, en 1851 escribió la novela “La mansión de los siete tejados”. Una historia inspirada en una casa real de su comunidad, en Salem, Massachusetts.
Los personajes principales son los cinco descendientes finales de dos familias, que en un inicio se enfrentaron por el robo de la propiedad donde se levantó la casa, pero más por la avaricia y diferencia de clases sociales. Un inicio muy shakesperiano, pero con una trama sazonada de puritanismo y materialismo característico de la sociedad americana de la época.
Actualmente, la casa se mantiene erguida, convertida en un museo y adaptada a la descripción de la novela, más que al rigor histórico. Incluso tiene una tienda de Hepzibah Pyncheon.
La historia está plagada de descripciones poéticas de un entorno decadente, como las Flores de Alice, son pequeñas formas de belleza que se aferran incluso a la decadencia y al remordimiento.
Hawthome tiene la capacidad de embellecer incluso las escenas tétricas de la muerte; encontramos por aquí y por allá rastros de aire fresco, galletas, luz que se cuela por las rendijas…
Y casi al final un beso, que se enfrenta a la maldición “Dios le dará a beber sangre”; ese acto de amor que ventila la casa, y redime a las dos familias. A mi gusto, una de las descripciones de beso más hermosas en la literatura.
La mansión y sus siete tejados son un imponente escenario, un ejemplo de lo ligado que está la arquitectura a otras representaciones culturales, de cómo un objeto puede desarrollar personalidad propia, e incluso como ciertos lugares, como ciertas familias, se convierten en iconos.


Comentarios
Publicar un comentario