Ir y venir, como un péndulo.


A los humanos nos gusta regirnos por reglas; si haces esto pasará aquello. Nos aterran los hechos aislados, vivimos cómodos con la causalidad. Por eso, buscamos explicar todo, damos significados trascendentales, tanto al aleteo de una mariposa, hasta una lista de lavandería que llega a nuestras manos con una ráfaga de viento.

Víctimas de nuestro lenguaje de casualidad.

¿Y quién mejor para hablar de lenguajes y significados, que el maestro de semiótica Umberto Eco?
Toda su obra abraza las maravillas del lenguaje, de una u otra forma. Pero en éste texto les hablaré de su novela “El péndulo de Foucault”.

En ella, tres colegas del mundo editorial, se plantean un juego; la regla es que todos los textos de la historia se entrelazan, para tratar de completar un mensaje perdido en el tiempo.

Así, un diagrama de un motor de automóvil y los diagramas de chacras, se  convierten en dos  miradas del mismo objeto.

La idea se vuelve vertiginosa a lo largo de las páginas, y en todo momento juega con viabilidad hasta que parece irrefutable su veracidad.

El problema es la entrada de otro jugador; uno que cree a ciegas, que el juego no es otra cosa que el descubrimiento de la verdad absoluta del mundo.

Esta creación de Eco, es una de mis favoritas. No solo por la probadita del ambiente editorial, sino por su narración y trascendencia de las frases.


En lo personal, admiro la belleza de un pasaje en especial; donde se enlistan los números sagrados, contando las partes del cuerpo humano y el placer que acompaña a los sentidos en la concepción, en el ciclo de la vida.

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