Me acuerdo, no me acuerdo


La primera vez que la historia de “Las batallas en el desierto” llegaron a mi, fue en la canción de Café Tacvba, y en realidad ni siquiera me imaginaba la historia que había detrás de ese “oye Carlos” que se repetía una y otra vez en la radio.

Pero para mí, la novela de José Emilio Pacheco, tiene otra voz; la de mi hermana. Fue una tarde que me acuerdo, no me acuerdo. Estaba sentada en su cama leyendo una de las joyas de la literatura mexicana, en fotocopias, que le habían encargado leer por la escuela.

Me la leyó completa en una tarde. Por suerte, habla mucho y no se cansó de lectura en ningún momento. Ni siquiera con el cambio de sol, al crepusculo y después al anochecer.

Seguro no tenía más de 11 años, así que la primera impresión fue de los juegos en la arena, me volví empática porque yo pensé en mis propios juegos de “a diario”; así que cuando llegó a la parte en que "Carlos confesaba su amor a Mariana", en el fondo también sentí que la amaba un poco.

Años después volví a leer la novela. En esa segunda lectura me escandalizaron los prejuicios de la sociedad. Cada personaje construía los suyos, y me enojaba encontrar el parecido con las opiniones a mi alrededor.

Ahora leo a Pacheco y me fijo en lo emocionante de su narración, en como se fija en los pequeños detalles, en lo cotidiano. Veo cómo los personajes, tan bien estructurados, siguen apareciendo en la sociedad mexicana.

Me fascina recorrer la Ciudad de México evocando a la ciudad del los recuerdos de Pacheco. Me parece, incluso, que también saboreo la goma de mascar americana.


Y releo a Pacheco como gran literato mexicano; pero cuando regreso a “Las batallas en el desierto” lo leo con la voz de mi hermana, contándome un gran cuento.

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